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No siempre tienes que amar lo que haces para hacerlo bien

Muchas veces he escuchado que para hacer un buen trabajo hay que amar lo que haces. Y cuando vemos a alguien trabajando con energía, con atención, con disposición, lo primero que pensamos es: esa persona ama su trabajo, nació para esto. Y cuando vemos lo contrario, pensamos: se nota que no le gusta lo que hace. Pero puede que exista otra verdad. Que mucha gente no necesariamente ama lo que hace, pero está dispuesta a hacerlo bien de todas formas. Y que esa disposición, más que el amor por el trabajo, es lo que realmente marca la diferencia.

No se trata de ser el mejor. Se trata de intentarlo

No se trata de no cometer errores, sino de no rendirse cuando los cometes. No se trata de tener el trabajo soñado, sino de hacer lo mejor que puedes con el que tienes. En mi caso, no siempre he trabajado en algo que me apasione. Y aunque en más de una ocasión me lo he preguntado, eso nunca ha sido mi excusa para no dar lo mejor de mí. Porque al final, el trabajo que tienes hoy es el que tienes, y la pregunta no es si te apasiona, sino qué decides hacer con él.

Eso no siempre es fácil. La rutina, el cansancio, los días malos, y a veces un ingreso que no refleja el esfuerzo que das, me han llevado a actuar como esa persona que trabaja sin ganas o con mala actitud. Y eso se refleja en cómo atiendo a un cliente, en cómo respondo o en cómo entrego un trabajo. Me ha pasado, y sé que no es la experiencia que yo mismo quisiera recibir si estuviera del otro lado.

Y lo peor de todo es que cuando actúas así, el que más pierde no es el cliente, ni el jefe, ni el negocio. Eres tú. Porque el cliente encuentra a alguien más, el negocio sigue, pero tú te quedas atrapado en una versión de ti mismo que no te representa, y que con el tiempo te pesa más de lo que crees.

La pregunta que cambia todo

Hay una pregunta que me he hecho, y es muy simple: ¿me gustaría recibir la misma atención que estoy dando en este momento?

No como ejercicio de culpa, sino como una forma honesta de evaluarme. Porque al final, no importa si el trabajo era tu plan original o no, si hay alguien del otro lado recibiendo lo que haces, esa persona merece lo mejor que puedas dar. Y tú mereces ser el tipo de persona que lo da.

He notado esto desde los dos lados, como trabajador y como cliente. Y cuando estoy del lado del cliente, la diferencia entre alguien que está haciendo su trabajo con disposición y alguien que claramente preferiría estar en otro lugar, se siente de inmediato. No hace falta que lo digan. Se nota en cómo te atienden, en cómo responden, en si realmente están ahí o solo están cumpliendo un horario.

Y eso, a veces, tiene poco que ver con amar o no su trabajo. Tiene más que ver con la decisión de hacer bien aquello que hoy les tocó hacer.

Lo que puedes llevarte de cualquier trabajo

Hay algo más que he aprendido: cualquier trabajo, aunque no sea el que querías, tiene algo que puedes aprovechar. Una habilidad, una forma de tratar a las personas, una lección sobre lo que funciona y lo que no.

Leí en un artículo de Yahoo Finance que Jeff Bezos, fundador de Amazon, trabajó como cocinero en McDonald's durante un verano en la secundaria. No era su trabajo soñado, ni tenía nada que ver con lo que construyó después. Pero de ahí se llevó una lección que él mismo recordó años después: "aprendí que el servicio al cliente es realmente difícil." Esa observación, hecha desde un trabajo ordinario, se convirtió en parte de la obsesión de Amazon por la experiencia del cliente, que es hoy una de las razones principales de su éxito.

No necesitas estar construyendo tu empresa para estar aprendiendo algo que te va a servir en ella. A veces el aprendizaje más valioso viene del lugar donde menos lo esperas.

Esa experiencia no se pierde. Se acumula. Y si en paralelo estás construyendo algo que sí quieres, todo lo que aprendes hoy, sobre clientes, sobre servicio, sobre comunicación, te va a servir mañana más de lo que imaginas ahora.

La disposición es una decisión

No necesitas amar lo que haces para hacerlo bien. Pero sí necesitas decidir, cada día, si vas a estar presente o no. Si vas a dar lo mejor que puedes con lo que tienes, o si vas a esperar a tener las condiciones perfectas para esforzarte.

Las condiciones perfectas casi nunca llegan. El trabajo soñado tampoco aparece solo. Pero la persona que decides ser en cada rol que tienes, esa sí se construye todos los días, con o sin el trabajo ideal.

Así que la pregunta no es si amas lo que haces. La pregunta es: dado que estás aquí, ¿estás dispuesto a dar lo mejor que puedas?

No lo escribo como experto en el tema, sino como alguien que se lo sigue preguntando. Y me gustaría saber tu respuesta también.

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